La distancia y el tiempo son dimensiones cuya percepción dependen, para el ser humano, de su edad y vigor; así como de las capacidades para locomoción, superiores a las naturales, como los automóviles actuales... Cuando Santos Midence comenzó su vida, en medio de una familia de floricultores por tradición, y a su vez, integrados dentro de una comunidad dedicada desde siempre a la siembra de hortalizas y flores, la vida transcurría con un ritmo muy particular y diferente al actual...

 En ese tiempo los límites de Tegucigalpa llegaban hasta las faldas del cerro el Picacho y las orillas del río Chiquito, en su parte Nororiental. El Sitio, la San Miguel y La Travesía, se las consideraba comunidades en las afueras de la ciudad.

No existía la carretera pavimentada actual, de la capital hacia San Juan de Flores o Cantarranas. Para llegar a Santa Lucía y sus confines, en automóvil o en motocicleta, debía realizarse un recorrido por dos rutas muy frecuentadas, con esos tipos de vehículo: El camino difícil y escabroso, desde la Aldea de Suyapa, por el cerro de Canta Gallo, para llegar por el Sur; o el camino más utilizado, debido a la actividad minera en San Juancito, por El Hatillo, después de subir por el Picacho, hasta entrar en los límites del Piligüín y la Loma Alta, en la parte Norte del municipio.

Las rutas se percibían largas, difíciles y la mayoría de las veces, tediosas. A pesar de los maravillosos paisajes... aunque La Tigra no era tan frondosa como hoy, pues la mina de San Juancito, la New York and Honduras Rosario Mining Company, aun estaba en actividad, y el bosque estaba totalmente talado para esas fechas... Cuando la temporada era alta, se cosechaban flores todos los días: Se empezaban a cortar a oscuras.

Se preparaba “el atado” con cuerdas hechas de fibras naturales. Luego se colocaban en forma muy ordenada y compacta en las canastas respectivas... cuando todo estaba listo, las vendedoras de flores bebían un poco de café, y quizás comían alguna tortilla recién hecha, por la abuela o matrona de ese momento. Mientras esperaban la baronesa, un autobús con chasis metálico de camión, pero con carrocería y asientos hechos de madera, perfectamente ajustada a la estructura de soporte; la abuela, como la mujer más experimentada, les daba muchos consejos para cuando anduvieran en esas calles de la Capital: “Anden siempre serias y formales; nada de sonrisas a desconocidos.

Recuerden que el honor de una mujer es tan delicado como una flor en botón... tampoco platicar con los clientes varones. Si las señoras quieren preguntar sobre las flores, los precios y posibles encargos, contesten lo necesario. ¡No hay nada más horrible que una muchacha inoportuna y locuaz! Saluden a todos, con mucha educación pero también recato.

¡Lo pobre no quita lo elegante...!” Antes de subir a la baronesa, después de colocar con sumo cuidado el canasto en la parte superior, gracias a la ayuda del siempre fuerte y disponible ayudante, o el mismo chofer, las muchachas vendedoras de flores marchaban a Tegucigalpa, perdiéndose de la mirada de su abuela, quien les daba bendiciones mientras el autobús de madera avanzaba lentamente por el camino de tierra... en Tegucigalpa les esperaba una agotadora jornada de ventas al detalle: El abogado “catrín” en busca de agradar a su novia o esposa, con un ramillete de flores; la señora en busca de flores para la iglesia; las muchachas buscando claveles, por encargo de sus mamás; y muchos otros variados clientes, quienes tenían razones de sobra para comprar las flores, pues en ese entonces, era una forma para alegrar las habitaciones, adornándolas con floreros de diferentes categorías, ¡Y flores de gran calidad y frescura! Algunas veces, todos los ramos se vendían antes de las diez de la mañana... ¡Después de ese rotundo éxito, solo habían tres acciones por hacer! Comprar los encargos para conseguir en la capital; comprarse algún dulce para llevar a la casa, como premio; y por supuesto, regresarse al Piligüín inmediatamente... pero la baronesa iniciaba su regreso hasta las 16:00. ¿Qué podía hacer una muchacha cuando ya había realizado todos sus deberes, y había mucho tiempo para esperar el regreso? Bueno, ¡Esa es otra historia! Cuando la muchacha vendedora de flores regresaba a su aldea, cargaba en su canasto varios productos necesarios, como condimentos y sal; jabón; medicamentos; incluso alguna herramienta o apero de último momento... pero lo más importante que traería a su hogar sería siempre, la satisfacción de haber realizado su mejor esfuerzo, y coronado este con la obtención de recursos económicos, para mejorar la calidad de vida de su familia.

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