Comayagua, la capital política y religiosa de Honduras

En 1562 se trasladaría definitivamente la sede del Obispado de Honduras, desde el puerto de Trujillo, actual cabecera del Departamento de Colón, hasta Comayagua, la ciudad colonial más importante de Honduras, por su patrimonio e historia. La causa principal para este movimiento, en un principio, fue el clima más saludable para las personas, los bienes muebles e inmuebles y también más favorable para desarrollar la agricultura y la ganadería, como la practicaban los europeos que llegaron para establecerse en la provincia. Sin embargo, fue la población indígena constituida por los pueblos Lencas y Chortíes, quienes constituían las poblaciones nativas más abundantes en la provincia y su carácter proclive al intercambio comercial y cultural con los extranjeros, la razón política principal por la cual las autoridades eclesiásticas de Honduras, solicitaron el cambio de sede para el obispo y las principales órdenes misioneras, que debían evangelizar e integrar a todas estas poblaciones, dentro del sistema productivo en ultramar, del Reino Español de Carlos V, quien con su alianza con el Papa Clemente VII, se había coronado como “Emperador del Mundo”.

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Comayagua, desde sus inicios enfrentaría los clásicos conflictos políticos, económicos, sociales y culturales que implicaba la asimilación de las poblaciones nativas más numerosas y mejor organizadas de Honduras, por medio de intensos procesos de evangelización llevados a cabo por sacerdotes y monjes Franciscanos y Mercedarios, quienes aprenderían y a la vez enseñarían a los europeos, la cultura e idiosincracia de los Lencas y los Chortíes, para realizar un proceso de sincretismo cultural exitoso, que perdura hasta el presente.

Durante casi tres siglos, Comayagua será conocida como la provincia minera más rica de la Capitanía General de Guatemala y uno de los lugares más difíciles de gobernar, debido a lo agreste de sus territorios. En esta ciudad colonial se darán cita artistas encargados de embellecer las iglesias de la ciudad, militares con la misión de combatir el contrabando promovido por los ingleses, desde Olancho y la Mosquitia Hondureña, y los políticos locales quienes tenían su propia agenda para administrar el poder y las riquezas de la provincia.

Comayagua vivirá su auge económico y cultural con el descubrimiento de los ricos yacimientos de plata y oro en los alrededores de Tegucigalpa y el establecimiento de poderosas encomiendas en el Occidente de Honduras. También dirigirá los procesos de repoblación en el Occidente de Honduras, cuando la corona española exigió el fin de la esclavitud y la evangelización de los nativos que sobrevivieron al proceso de la Conquista en Honduras. Fue esta la época cuando el trabajo de los nativos y los esclavos importados desde África, generarían con sus trabajos forzados los mejores productos de la provincia, para usufructo de las autoridades de Guatemala y la Corona Española.

Posteriormente, durante las guerras napoléonicas en Europa y los movimientos independentistas en América, Comayagua sería el bastión antiliberal más importante entre San Salvador y León, convirtiéndose en el centro de las movimientos contrarrevolucionarios en la provincia de Honduras, durante la segunda mitad del siglo XIX.

Las tramas políticas ocurridas entre los promulgadores de una unión centroamericana y sus correspondientes detractores, desaceleraron y entorpecieron los esfuerzos gubernamentales encaminados a lograr la construcción de esta infraestructura. Sumado a esto, el poco conocimiento técnico y financiero de los negociadores hondureños, sobre el negocio ferroviario, condujo lenta pero inexorablemente hacia un creciente endeudamiento y una constante postergación del proyecto.

Finalmente, el Ferrocarril Nacional es recordado como el primer gran acto de corrupción que afectó en formas efectivas aunque poco visibles, a la mayoría de la población y al desarrollo económico del Estado de Honduras, manteniendo varias regiones incomunicadas y postergadas hasta los últimos años de la segunda mitad del siglo XX.

El Ferrocarril Nacional de Honduras fue un proyecto perpetuo, una aspiración nacional heredada de un gobierno al siguiente y de una generación a otra, durante más de un siglo. Es quizás el sueño de desarrollo económico y social, incumplido, más importante en el imaginario colectivo y en la Historia de Honduras.


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